La milonga tiene una constitución no escrita y la revista la resume para el principiante. Primero: se entra temprano — la clase-práctica de las 21 existe para eso; la ronda seria de después de medianoche es de los que saben, y mirar desde la mesa es una forma legítima y respetada de participar.
Segundo: el cabeceo. En la milonga clásica no se invita a bailar de palabra — se busca la mirada a distancia y se asiente con la cabeza; el que baja la vista declinó y no pasó nada. Es el sistema de cortesía más elegante que la ciudad inventó, y funciona desde hace un siglo.
Tercero: la pista es un río que gira en sentido antihorario — se entra pidiendo paso con la mirada, no se lo corta, y entre tandas se conversa en la mesa, no en el medio. La cortina — el tema no bailable — marca el cambio de pareja. Con esas cuatro reglas el principiante ya no es turista: es visita bien recibida.



