El filete porteño nació en los carros de reparto de principios del siglo XX: los pintores de los corralones empezaron a decorar los laterales con volutas, flores, cintas y letras estiradas — y el ornamento se volvió firma de la ciudad. Hoy es patrimonio cultural inmaterial reconocido, y sobrevive en colectivos, carteles de bodegón y vitrinas de oficio.
Su gramática es reconocible al primer golpe de vista: simetría especular, volutas que rematan en hoja de acanto, la cinta que envuelve el nombre propio, los colores plenos perfilados en claro. El filete no decora — encuadra: su función histórica fue siempre darle marco solemne a un nombre, un número, una frase de camión.
Esta revista lo toma como motivo con la sobriedad del caso: la voluta como separador, el dorado sobre medianoche, la numeración de los actos en marco teatral. Sin imitar a los maestros fileteadores — que firman sus obras y tienen registro propio — sino citando la lógica: la noche porteña también es un nombre que merece marco.



