Buenos Aires protege por ley una especie propia: el café notable — los salones con historia, boiserie y mozos de oficio donde el tiempo corre a otra velocidad. No son museos: son cafés en funciones, y su liturgia es simple — el cortado en pocillo, la medialuna si es de mañana, el vaso de soda que llega sin pedirlo.
El notable es la institución del «después»: después de función en Corrientes, después de la feria en San Telmo, después de la caminata recoleta. La mesa de mármol admite sobremesas de horas y la cuenta no apura — por eso esta revista los usa como cierre de segundo acto en media ciudad.
La etiqueta es mínima pero existe: el mozo de oficio se llama por señas discretas, la mesa de la ventana se respeta si está «tomada» por un habitué, y la propina se deja en efectivo. El notable no es un decorado — es un vecino mayor al que se lo trata con cariño.



